El renacimiento de la fotografía analógica llegó de la mano de las generaciones más jóvenes. Cansadas de la inmediatez y automatismos de la tecnología digital, la fotografía analógica les proporciona esa “slow photography” que nos hace pensar cada fotografía que realizamos. Sin embargo, esas jóvenes generaciones parecen dar la espalda a la película en blanco y negro. La economía manda y el precio de esas películas y –en especial– su procesado limitan el uso de una de las esencias de la fotografía analógica: la película en blanco y negro. Hoy ofrezco unas sencillas pautas para revelar película en blanco y negro en casa.
¿Por qué revelar película en blanco y negro en casa?
Por encima de la economía, el principal motivo para revelar nuestras películas monocromas es personalizar los resultados. Los laboratorios fotográficos suelen revelar las películas en blanco y negro por lotes, con tiempos de procesado similares. Los resultados suelen ser muy dignos, pero nunca logran sacar lo mejor de cada película. Al procesar nuestras películas en casa podemos seleccionar los reveladores más adecuados, incrementando aspectos como la acutancia o compensando altas luces y sombras. Además, podemos adaptar los tiempos y la agitación del procesado a nuestras preferencias personales.
Los imprescindibles
No negaré que la inversión inicial en el material necesario para revelar en casa puede echarnos atrás, pero la amortización de estos imprescindibles es rápida y la satisfacción al ver nuestro primer negativo bien revelado, infinita y perenne. Más allá del tanque de revelado (y sus espirales) y de las probetas de medición para líquidos, hay elementos como unas buenas tijeras, el termómetro, el reloj o los químicos que necesitaremos, pero que solemos tener en casa.
Yo uso un termómetro digital de cocina (me costó poco más de 10€), que ofrece grados y décimas de grado. Los químicos los guardo (siempre en la oscuridad de un armario) en botellas recicladas de 1 litro de leche o de jugos de frutas. Sólo tuve que comprar el tanque de revelado y dos probetas: una de 600ml. y otra de tan sólo 50ml. Es posible conseguir todo este material en webs de segunda mano, como Wallapop o eBay a muy buen precio.
¡Se fue la luz!
Así como la luz es el elemento imprescindible para realizar una fotografía, la oscuridad es obligatoria a la hora de revelar nuestras películas fotográficas. La física de la luz cede el paso a la química del revelado. La estancia más cercana que encontramos en nuestras casas es el cuarto de baño, que además tiene agua, elemento imprescindible en el revelado. Una cartulina negra en la ventana y una toalla en la base la puerta suelen ser suficientes para aislar de luz nuestros baños. Ya tenemos nuestro cuarto oscuro.
El cuarto oscuro
Una vez tenemos el rollo de película en el cuarto oscuro, es indispensable familiarizarnos con el entorno. Debemos tener a mano las tijeras para cortar el final de la película, la espiral donde cargaremos la película, el tanque de revelado abierto, con su cierre estanco a la luz y la tapa que impide que se derramen los líquidos del tanque. Recomiendo cerrar los ojos y buscar cada elemento a tientas, antes de cerrar la luz y cortar el extremo final del rollo de película. La práctica hace al maestro y verás cómo este proceso acabará casi automatizado al tercer o cuarto carrete que reveles.
Espiral de terror
Éste es el paso más difícil para las manos menos expertas. La película debe deslizarse en un espiral con suaves movimientos de la mano derecha. Recomiendo el sistema Paterson, que –en mi opinión– resulta muy fácil desde el inicio, incluso para quienes jamás han realizado el proceso de enrollar una película en el espiral. Es necesario cortar la lengüeta inicial de la película (la que introducimos en el eje del arrastre de la cámara) y hacer dos pequeños cortes en forma de cuña, que ayudarán a introducir el inicio de la película en el espiral. Un lavado de manos con jabón garantiza eliminar la grasa de los dedos y así evitamos manchas en el negativo.
Cada espiral del sistema Paterson tiene unas pequeñas bolitas de acero que impiden que la película “salga de reversa” de la espiral. Basta realizar pequeños movimientos hacia delante de nuestra mano derecha para que la película se enrolle en el espiral de una forma precisa. Los distintos grosores de las bases de las películas nos facilitarán (o no) la acción de enrollar nuestras películas en el espiral. A todos se nos ha bloqueado esta acción, así que no cunda el pánico. Lo mejor es sacar toda la película y empezar de nuevo. Basta presionar ligeramente los bordes de la película (donde están las perforaciones en un rollo de formato 135) para que la película se deslice con suavidad fuera de la espiral.
Una vez cargada la película en la espiral, debemos cerrar el tanque de revelado con la tapa de plástico duro, que impide la entrada de luz. La tapa plana superior blinda al tanque de revelado de posibles fugas de líquidos.
La química del procesado
Para revelar película en blanco y negro en casa necesitamos tan sólo tres químicos: revelador, baño de paro y fijador. El revelador actúa sobre los haluros (sales) de plata, mostrando mayor actividad en las zonas de máxima iluminación. Es en estas zonas donde el revelador se agotará, a diferencia de las sombras y las zonas subexpuestas, donde el revelador seguirá manteniendo una vida activa. El baño de paro (como su nombre indica) detiene el proceso del revelado y el fijador “transparenta” el soporte y la emulsión de la película, facilitando su uso en ampliadora o siendo digitalizado en un escáner. Tras este proceso debemos lavar muy bien la película para eliminar los posibles restos de fijador.
Revelador
A la hora de conseguir una calidad de imagen perfecta tan importante es el momento del disparo como elegir el revelador más adecuado para nuestra película. De nada servirán el enfoque manual más acertado ni clavar la exposición más correcta, si elegimos un revelador que no saca el máximo partido a nuestra película. En el mercado encontramos cuatro grandes familias de reveladores:
- Generalistas
- Grano fino
- Enérgicos
- Compensadores
La lógica nos encaminaría hacia los reveladores de grano fino, pero la fotografía no es lógica, sino magia. Un revelador de grano fino como Ilford Perceptol suele reducir la sensibilidad nominal en 1 E.V, el contraste y la acutancia. Yo me decanto siempre por los otros tres tipos de reveladores; sobretodo revelo con generalistas (como Kodak D-76 o el “bueno para todo” ADOX XT-3 en dilución 1+1. Ambos son excelentes elecciones al revelar película en blanco y negro en casa por primera vez. Entre los reveladores enérgicos destaco Rodinal (una fórmula del siglo XIX que sigue siendo muy válida) y el inglés Microphen, de Ilford. Rodinal es el rey de la acutancia y del stand development, el revelado tranquilo. ADOX Atomal 49 es –en mi opinión– el mejor revelador compensador del mercado, idóneo para escenas de máximo contraste entre altas luces y sombras. Atomal 49 ofrece un grano ultrafino y –con la agitación adecuada– un contraste perfecto.
Baño de paro
Como su nombre nos indica, el baño de paro detiene rápidamente el proceso del revelado. El revelador es un químico alcalino y precisa de un ácido para contrarrestar su acción. Si no lo aplicamos, el revelador seguirá actuando sobre las sales (haluros) de plata de la emulsión y acabaríamos con un negativo completamente ennegrecido (quemado). Y aquí entra una de las razones para revelar en casa: el baño de paro apenas cuesta unos pocos céntimos, pues podemos hacerlo con vinagre blanco para limpieza. El baño de paro activa la primera sensación en el cuarto oscuro: el olfato, que se completará de manera definitiva con el fijador.
Fijador
Tras vaciar el baño de paro del tanque llega el último químico que completa el proceso: el fijador. Aquí se inmortaliza para siempre el resultado del revelador sobre la emulsión. A estas alturas la luz sigue afectando a nuestra película, por lo que debemos continuar con el tanque cerrado. El fijador disuelve los haluros de plata que no recibieron luz y sobre los que no actuó el revelador. Esas zonas se tornan transparentes, creando los distintos tonos grises y fijando la imagen para siempre.
El fijador desboca el sentido del olfato, pues el tiosulfato de sodio (su principal componente) tiene un olor característico. Esta esencia química nos acompañará siempre: es un aroma denso, metálico y sulfuroso que impregnará nuestras manos. Es el olor de la fotografía analógica en la piel. Unas manos artesanas que han sabido “hacer” una fotografía, desde que la visualizaron en la mente hasta poder tocarla en el negativo. Es el olor del trabajo bien hecho. Tras unos 7 minutos de fijado con agitaciones suaves y constantes —sin olvidar dar unos golpes secos en la base del tanque para desprender las microscópicas burbujas de aire—, nuestro negativo está listo para lavarse a plena luz.
Lavado
Tras dos minutos de lavado inicial bajo el grifo, yo siempre hago un lavado “ecológico” e intensivo (el lavado Ilford) para economizar agua, un recurso cada vez más escaso. Lleno el tanque con agua limpia, lo cierro y realizo 10 inversiones suaves. Vacío el tanque, cambio el agua y repito la acción con 20 inversiones. Repito este proceso con 30, 40 y 50 inversiones, renovando el agua tras cada tanda. Una o dos gotas de humectador al final ayudarán a mejorar el secado. Para secar la película, basta colgarla de una cuerda tensa que hemos dispuesto previamente en el baño. Ahí podemos ver el resultado de nuestro amor por la fotografía analógica. Es un momento de satisfacción sublime donde física, química y sensaciones se unen para regalarnos un placer que jamás se logrará con una fotografía formada por ceros y unos.
Perder el miedo
Más importante que el químico o el tanque es el hecho de perder el miedo. Pese a la “espiral de terror” (todos nos hemos encallado alguna vez al cargarla), a la química y a la relación física entre tiempo y temperatura, el paso más importante es atreverse. Si salimos de la zona de confort que supone enviar el carrete a un laboratorio comercial, obtendremos sensaciones diferentes. Sensaciones que ni el más perfecto revelado del mejor laboratorio profesional nos podrá regalar nunca. Sensaciones de ser los dueños del proceso creativo que sólo nos regala la fotografía analógica.
La fotografía son sensaciones; siempre la equiparo al placer de comer. Revelar en casa nos regala sabores distintos. El pan es uno de los alimentos más básicos y sencillos: harina, levadura, sal y agua. Pero es muy diferente el sabor y la textura de un pan congelado de supermercado que el de un pan artesano de larga fermentación. Las manos. Esas manos que acarician con mimo cada masa y le dan el tiempo necesario para resaltar los matices de la miga y la costra. El tiempo de horneado. Así serán nuestras fotografías al amasarlas y hornearlas en casa. Perder el miedo nos regalará pura artesanía.
Más allá de la economía
Revelar en casa es mucho más barato. Tras el gasto inicial en el equipo, el precio por procesado cuesta menos de dos euros. Al ser tú el dueño del proceso, no hace falta que agotes las 36 exposiciones del carrete; puedes hacer 15 o 20 fotos y revelarlas al regresar a casa. Mantén siempre la regla de oro de los 20ºC. Es algo difícil con estos veranos tórridos que nos regala el maldito cambio climático, pero se consigue fácilmente metiendo el tanque en un recipiente con hielo y agua fría. Aquí encuentras la libertad que nos regala en proceso completo en la fotografía analógica. Como en el ejemplo del pan, puedes conseguir piezas más o menos tostadas, con más o menos miga, que equivalen a más o menos contraste, más o menos grano, mayor o menor acutancia. Todo está en tus manos. Nunca olvides que tú no disparas. Tú creas.
Revelar película en blanco y negro en casa en la era de la IA
No existe nada más contestatario en la fotografía actual que regresar al entorno analógico. Quienes amamos la fotografía analógica no disparamos. No generamos imágenes. Hacemos fotos. Creamos. Parimos. Al revelar película en blanco y negro en casa disfrutamos de sentimientos como la creación y la posesión. Son nuestras fotos. Unas fotos que podemos tocar, al sujetar el negativo revelado. Creamos fotografías. Parimos instantes que siempre quedarán plasmados en un soporte físico, que podemos tocar. Nuestras fotos no son una amalgama de ceros y unos en una nube. Nosotros guardamos y archivamos nuestras fotografías y siempre podemos tocarlas.
Conclusión
La fotografía analógica existe. La palpamos. Podemos tocarla. Nosotros la creamos al seleccionar qué película utilizamos. La hacemos al cargar la cámara y avanzar una película de aspecto gris. Al enfocar a mano y fijar la exposición correcta. La parimos en el cuarto oscuro, donde revelador, baño de paro y fijador cierran el círculo de la creación de una fotografía analógica. Una fotografía que existe y se puede tocar. Una fotografía que huele a fijador. Una película de aspecto gris y aburrido cobra vida y nos regala pequeños trozos de vida de un tamaño de 24 x 36 milímetros. Instantes de vida colgados, secándose en la oscuridad de nuestro cuarto oscuro improvisado. Atrás han quedado el miedo a revelar nuestra primera película en blanco y negro, la espiral del horror y ese olor a fijador que acabará disipándose. Unas horas más tarde, con la película ya seca, veremos nuestra primera gran creación completa.
La fotografía analógica es un acto de creación y –por lo tanto– de amor.
Nota del autor: Las fotografías de ambiente se han creado con los modelos IA Google Gemini y ChatGPT.